martes, 13 de noviembre de 2007

Roberto González Goyri (1924-2007)


Ansia de Vuelo, 1991, acrílico sobre durpanel, 23x30 cm. Colección particular


De manera respetuosa El Azar Cultural presenta sus sentidas condolencias a Doña Carmen Pérez Avendaño de González Goyri, hijos y familia.
Don Roberto se nos ha adelantado en el camino, con su ejemplo de hombre de bien y su arte nos deja un valioso legado.

Para leer lo escrito por Irma de Luján con ocasión de la exhibición "Entre la Pasión y el Asombro", inaugurada el pasado 10 de noviembre en Hotel Museo Casa Santo Domingo, haga "click" en el siguiente vínculo http://www.prensalibre.com/pl/2007/noviembre/13/187628.html

Patricia de Bassi nos ha compartido el texto que les transcribimos

"REFLEXIONES DE UN ARTISTA Por Roberto González Goyri

Fue en 1948, lo recuerdo bien, cuando en com­pañía de mi amigo Roberto Ossaye, el malogrado pintor, abordamos el avión que nos llevaría a Nueva York, en el disfrute de una beca otorgada por el gobierno de Guatemala para ampliar nuestros conoci­mientos de arte en esa ciudad que, ya desde entonces, era la meta artística de muchos estudiantes latinoame­ricanos. Ibamos con el espíritu lleno de ilusiones, de inquietudes, con el deseo vehemente de hacer grandes cosas... ¿Quién es aquel que, a los veinte años, no espera ser dueño del mundo? Bueno, creo que es a partir de ese momento que doy comienzo a mi carrera como artista.

Antes de abandonar Guatemala había realizado mi primera exposición personal, consistente en esculturas y dibujos. Nada de ese período tiene valor actualmen­te para mí; quizás, como una excepción, la cabeza del gran poeta Miguel Angel Asturias. Con ello cerraba mi paso por la Academia, que mal que bien era un aprendizaje, una experiencia valiosa que algo me deja­ría, como en efecto así fue.

La enseñanza en la Academia se ceñía estrictamen­te a las normas tradicionales: copia de modelos de yeso, clases de paisaje al aire libre, dibujo y pintura del modelo vivo, bodegones y, también, algo de historia del arte y anatomía artística.

En lo que se refiere al aspecto cultural, el ambiente en la Guatemala anterior a 1945 era muy provinciano, bastante pobre en todo sentido; ocasionalmente se presentaban obras teatrales del género costumbrista o de fácil humorismo. Don Alberto Martínez, año con año, religiosamente, para el primero de noviembre ponía en escena Don Juan Tenorio. Eso era todo. Muy de vez en cuando una exposición de pintura. La Orquesta Sinfónica, creación del maestro José Castañe­da, hacía lo que podía en medio de grandes dificulta­des. Hasta donde yo recuerdo, no pasaba de dar conciertos al aire libre los sábados por la noche en la Concha Acústica del Parque Central, y su repertorio, aparte de los obligados valses de Strauss, incluía, como quien dice, para cerrar "con broche de oro", el Capricho Italiano de Tchaikovsky. No existía un solo conjunto de ballet; no había Facultad de Humanidades ni de Arquitectura y, para colmo, el clima político era asfixiante. Era la dictadura del general Jorge Ubico. ¿Libertad de prensa? ¿Crítica de alguna especie? ¿La expresión de algún sindicato como fuerza laboral? Nada de eso. Vuelvo a decirlo: era una vida sencilla, apacible, sin mayores complicaciones; el pueblo, su­mamente dócil, tranquilo, me imagino que muy fácil. de gobernar. Aunque, desde otro punto de vista, es justo reconocer que no existían la corrupción y la descomposición social que imperan hoy día. En fi.n, es posible que sea el precio que tengamos que pagar por empezar a deletrear la palabra DE-MO-CRA-CIA.

De consiguiente, no resulta difícil colegir que las artes plásticas producto de esa época fueran un fiel reflejo del clima político-social: paisajes locales, copias de estampas, personajes indígenas luciendo sus trajes típicos, ramos de flores, bodegones; en fin, un arte apacible, de tipo postal, para turistas, muy lejos, pero muy lejos, de la renovación y la vanguardia que exis­tían en otros países.

Pues bien, con la retina acostumbrada a esta visión y este concepto del arte pictórico, fue que arribamos a New York mi amigo Ossaye y yo. Ambos muy jóve­nes, apenas acabábamos de pasar los veinte años y sin haber salido jamás de nuestro querido terruño.

Nuestra primera impresión de la gran urbe fue de rechazo. No nos gustó aquello para nada; quizás un salto tan grande y repentino era demasiado para no­sotros. Aquel bullicio, aquellas enormes cantidades de gente, el ruido ensordecedor del "Subway"; no, defini­ tivamente, Nueva York no respondía a la imagen que nos habíamos formado de ella; en fin, para decirIo de una vez, estábamos desilusionados y también...¿por qué no confesarIo?, en el fondo sufríamos cierta cobar­día, cierta inseguridad. A ello se sumaba la barrera del idioma; el poco inglés que hablábamos nadie nos lo entendía.

Pero, no quedaba otra salida. Nadie nos había metido en ese problema y, de consiguiente, teníamos que enfrentarIo. Corría el mes de agosto y el calor era agobiante. Nuestro primer paso fue inscribimos en el Art Student's League que, según nos explicaron, no iniciaba sus curso sino hasta mediados de septiembre. Mientras tanto, nos dedicamos a tratar de localizar aquellos grandes museos con que habíamos soñado. Nuestra primera visita fue al Museo de Arte Moderno, cuyas salas recorrimos con gran avidez, y he aquí otro impacto que me desconcertó totalmente. Me refiero al hecho de enfrentarme por primera vez a un gran mural de Picasso: Guernica. ¿Era este el famoso mural al que tanta propaganda se le había hecho? ¿Dónde es­taba su valor? ¿Dónde su belleza? Eran las preguntas que yo me hacía una y otra vez. A mí, lo confieso con toda honestidad, aquella obra no me conmovía, me dejaba frío. Pasé horas y horas viéndolo y aquel enorme cuadro no me decía nada. Lo encontraba grotesco, de mal gusto, sin ninguna calidad. Hubiera querido que alguien me lo explicara.

Y sin embargo, lo comprendería más tarde, .esta fue mi primera lección; lección en el sentido de que toda obra de arte de legítimo valor, la mayoría de las veces, no gusta desde el principio, sino por el contrario, gustarla toma su tiempo. Exige un esfuerzo de nosotros, no se entrega fácilmente, hay que acercarse, analizar despacio, en silencio, incluso con humildad su entrega depende de la medida de nuestra intuición, de nuestra madurez. A la postre, el fenómeno se vuelve a la inversa: entre más se mira, entre más se escucha –en el caso de la música- más gusta; su fuente de reservas se vuelve inagotable, perenne. He aquí el secreto de toda obra de arte auténtica: una vez que nace como una estrella nueva, su luz jamás se apaga en el firmamento de los grandes valores. Brilla eternamente.

Mi maestro en el Art Student's League fue el escultor William Zoraeh, quien gozaba de un merecido prestigio. Ello no obstante, pronto me di cuenta de que no era este ambiente el que yo buscaba. Las clases y el método eran exactamente iguales a los que teníamos en Guatemala, era solo cuestión de proporción.

Por ello mi paso por la mencionada escuela fue bastante breve, unos tres meses a lo sumo.

Me dediqué entonces a seguir recorriendo los museos y galerías de arte, ya que sentía que en esa forma aprendía más y aprovechaba mejor mi tiempo. Mas tarde, por una mera casualidad, descubrí otro sitio de enseñanza que se adaptaba mejor a lo que tenia en mente. Este nuevo lugar, Sculpture Center, contaba con una pequeña galera de ventas, y más que una excusa era un centro de escultura para todo tipo de intereses y categorías, o sea que podía haber tanto profesionales como principiantes. Así pues, comencé a asistir y aquel año me encontré con lo que realmente quería: trabajar solo, en un ambiente más sencillo, experimentar con nuevas técnicas y materiales y, lo mas importante, enfrentarme al problema de la creatividad.

¿Por dónde empezar? Me di cuenta de que toda mi experiencia anterior se había limitado a desarrollar cierta habilidad para copiar, pero nunca había contado con algún método que me ayudara a desarrollar la capacidad creadora. Este es uno de los lastres de la enseñanza académica.

Mis primeros intentos fueron, par tanto, muy débiles; me encontraba sumamente desorientado, no había una luz que me guiara. Mis conceptos, mis ideas, eran vagas, muy confusas. A las grandes figuras de la plástica americana ya perfecta mente definidas, como Orozco, Rivera, Tamayo, Mérida y Torres Garda, apenas si empezaba a saborearlas, todavía eran muy inasibles para mi. Yo anhelaba encontrar una expresión propia, pero la verdad es que no atinaba por dónde hacerlo.

En esos días, para mi fortuna, conocí a un escultor que habría de tener una influencia decisiva en mi formación. Me refiero al escultor colombiano Edgar Negret, actualmente una de las figuras cimeras de la plástica contemporánea latinoamericana. La diferencia de edad que llevaba sobre mi era bien poca, cuatro anos a lo sumo, mas ello no obstante, Negrct poseía una clarividencia, una fe en si mismo, una madurez y una intuición tan firmes, que contrastaba con el desconcierto y estado de confusión en que me encontraba yo en ese entonces. Su amistad, su ayuda, sin él proponérselo, ocurrió en el momento justo, cuando yo más lo necesitaba; de ahí mi gratitud.

Recuerdo haber leído en alguna parte que "cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida, nos perfecciona y enriquece, mas aun que por lo que el mismo nos da, por lo que de nosotros mismos nos descubre/. Y esto fue exactamente lo que sucedió entre nosotros. Si no hubiera encontrado a Negret, quien sabe si no me hubiera perdido en el camino.
Poco a poco, pues, fui dando rienda suelta a la imaginaci6n, y más despacio, con alguna timidez, fueron surgiendo mis primeras esculturas con cierto aire renovador. Paulatinamente me fui alejando de la figura humana en su forma naturalista, para iniciar una etapa nueva donde las formas ya cobraban un interés en sí mismas, 0 sea que me iba acercando al concepto de la abstracción. Mi amigo, el escultor Negret, me estimulaba con su palabra en cada nueva obra que emprendía; sus comentarios, su convcrsación, eran para mi una verdadera cátedra.

Por otro lado, y para entonces se me iba aclarando el panorama en todo sentido: Cada cosa la miraba con nuevos ojos. Mi intuición se afilaba. Me afanaba por hacer un arte con raigambre en lo nuestro, es decir, apoyado en ciertos valores que nos identifican como nación, sin caer por ello en el folklore, en lo superficial. Comprendí que el folklore, al igual que el arte de nuestros antepasados, los mayas, es terreno muy peligroso en el sentido de convertirse fácilmente en verdaderas jaulas. Pueden ambos, sí, ser punto de partida, fuente de inspiración, pero no para copiar literalmente, sino para hacer una recreación con un lenguaje nuevo y de dimensión mas universal.

Paralelamente a todo lo anterior hacía mis primeros ensayos en la talla directa en piedra y en madera; al mismo tiempo, fundición en bronce y metal directo con soldador eléctrico. Debo advertir que al principio de mi carrera me define como escultor. Al llegar a este punto, también mis conceptos con respecto al empleo de los materiales se afirmaban. Pronto me di cuenta de que debe haber una estrecha relación entre la concepción de la idea y el material que la expresa, pues cada material posee sus propias posibilidades y, también, sus propias limitaciones. La piedra, por ejemplo, es dura, pesada y de carácter masivo; si la horadamos en extrema, si intentamos imitar con ella la suavidad y el color de la piel 0 expresar una idea que vaya mas allá de sus límites, estamos desvirtuando sus calidades intrínsecas y, por ende, el valor total de la escultura. No sucede lo mismo con la fundici6n en bronce, cuya tecnica es totalmente distinta y permite mas elasticidad en el manejo de las formas. Con mayor rigor se puede decir esto ultimo del metal directo, que es aun mas ágil y mas conveniente para la expresión de formas que penetren libremente en el espacio aéreo.

Mientras tanto, ya había transcurrido mas de un año desde mi llegada, y ahora la situación era al revés, en el sentido de que me sentía muy a gusto en Nueva York y apreciaba mas cada día su gran opulencia cosmopolita, la suntuosidad de sus matices, la vitalidad de su movimiento. Nueva York es unico, es un lugar que lo tiene todo: museos, galerfas de arte, concierlos con las mejores orquestas del mundo, opera y ballet, tiendas gigantescas e infinitos restaurantes de todas las nacionalidades. Nueva York es como abrir una enciclopedia que invita a la vida. (el resaltado es nuestro). Todo ello me llenaba de alegría, me estimulaba y robustecía interiormente, me trasmitía un entusiasmo feroz.

En este ambiente de optimismo tuve oportunidad de conocer la obra de grandes escultores y pintores como Seymour Lipton, Theodore Roszak, Alexander Calder, Lippold y muchos más. Pero quien de verdad ejerció una influencia directa en mi trabajo fue Jaccques Lipchitz. Fui a visitarlo una vez a su estudio junto con el crítico de arte José Gómez Sicre, y apenas entré, me quedé impresionado. El maestro estaba trabajando en una figura de grandes dimensiones, El Hijo Pródigo, y la fuerza que irradiaba esa escultura en particular, fue una revelacion para mi. La ejecucion era apasionada y monumental. Los volúmenes se cruzaban, se interaccionaban en un complicado barroco espacial, y el resultado final era de una majestad imponente. No cabe duda, me dije, de que para llegar a un hecho lírico tan hermoso como este que tengo cnfrente, es preciso ahondar, sorber, entregarse sin reservas. Esta escultura me estaba señalando el mejor camino para ello, pues se adivinaba la libre expansión, la audacia sin límites, el libre juego, pero sobre todo, la pasión que corria inmersa, escondida como una savia en el interior de las formas. No basta con dominar el oficio 0 poseer una habilidad: hace falta ser apasionado.

Entre las grandes personalidades que conocí mientras estuve en Nueva York, debo mencionar también a la escultora Louise Nevelson, quien asistia, al igual que yo, al "Sculpture Center". Solo que en ese entonces ella era totalmente desconocida y muy alejada del estilo caracteristico que le dio tanta fama posteriormente. Su talento y su tenacidad la colocaron, por fin, en el sitio que merecia.

Me imagino que el camino para alcanzar la madurez artistica no es igual para tod0s los artistas. Habra algunos para quienes sea relativamentc fácil -y a muy temprana edad- adquirir un estilo que los haga reconocibles. Habra otros -entre los cualcs me induyo- para quienes el proceso es más lento, más tortuoso, más lleno de espinas. Cada circunstancia difiere, y de consiguiente, cada artista se toma su propio tiempo. EI resultado final es el que importa

De mi, se decir que la estancia en Nueva York fue como una liberación en todo sentido. ¿ Qué tuve influencias? Claro que las tuve. En la formaci6n de un artista las influencias son inevitables, pero en manera alguna perjudiciales; mas bien lo contrario: un buen indicio de scnsibilidad en que tarde 0 temprano se trasluce la propia originalidad. Mis artistas predilectosson Picasso, Lipchitz, Lipton y Roszack. Todos ellos han ejercido alguna influencia en mi escultura. Admiro a Picasso por su fuerza y versatilidad, por su gran capacidad inventiva. A Lipchitz, por la vitalidad que logra al integrar cl valor abstracto del diseño con el clemente psicológico humano. A Lipton, por la riqueza poetica de sus interpretaciones; y a Roszack, por lo enigmatico y misterioso que encierra su obra.

No estoy seguro de si he logrado un estilo propio. La verdad es que ya no me interesa saberlo. He llegado a la conclusión de que el estilo nace solo, paulatinamente, sin proponerselo. Un artista puede tener un sinnumero de variantes en el curso de su carrera, como consecuencia de una serie de estfmulos antagónicos; sin embargo, pese a sus múltiples facetas mostradas en sus distintas etapas, siempre habrá un sello que lo hace inconfundible.

Muchas personas se han acercado a mi para preguntarme que es lo que motiva a un artista, de donde viene la inspiracion. Pues bien, yo diria que la inspiracion no es solo un don divino, una cualidad innata del intelecto. La inspiración es mas que nada un trabajo incesante, una aplicación sin fin, una disciplina, una disciplina exigente, la capacidad de conjugar, en sintesis armoniosa, el esfuerzo y la gracia, la cantidad y la cali dad, la creacion propia dentro del marco de la creación colectiva. En otras palabras, solo creará efectivamente aquel que riegue la semilla espiritual de la inteligencia con el sudor fisico del trabajo.

De algunos años para esta parte ha abandonado la escultura y me he volcado totalmente hacia la pintura. Pero de ello ya hablaré mas adelante. Antes quiero hacer hincapie en el hecho de que tanto en la pintura como en la escultura he sido, esencialmente, figurativo, 0 mas bien, semifigurativo. Pocas veces, la excepción, he incursionado dentro del campo de la abstracción absoluta. ¿ Por qué razon? Sencillamente, porque siento que me identifico mejor, mas plenamente, con elementos reconocibles de la realidad. Pero hay algo más: la abstraccion en estos dias, para mi modo de ver, se ha convertido casi en otra academia, en un mero ejercicio formal, de receta, en una formula que facilmente conduce a un arte de lo mas impersonal.

Ahora bien; debo aclarar que si bien mi trabajo esencialmente semifigurativo, en su elaboración siempre tengo en cuenta un proceso de abstracción. La dosis de elementos de la realidad circundante que pongo es producto de mi intención.

Que la pintura o la escultura tengan un mensaje de cualquier índole, me tiene sin cuidado. Lo importante, para mí, es que una obra se mantenga por sus cualidades eminentemente plásticas. El contenido varía y, la mayoría de las veces, pierde actuaIidad. La forma, por el contrario, es perenne y no se sujeta a ninguna moda pasajera. Por otro lado, una obra de arte no es revolucionaria por el tema sino, volviendo a lo mismo, por sus valores formales. Se puede ser revolucionario pintando sencillamente un ramo de flores.

Todas estas reflexiones corrían paralelas en la misma medida en que mi escultura y mis conceptos maduraban.

Mientras tanto, se llegó el momento de regresar a mi querido terruño. Habían transcurrido tres años. Mi amigo, el pintor Roberto Ossaye, a quien he dejado de mencionar en estos mal hilvanados apuntes, quedó todavia unos meses mas que yo. Ambos habiamos tenido un desarrollo y una serie de experiencias bastante similares. Por lo mismo, y por el hecho de haber estado tanto tiempo juntos, se acrecent6 nuestra mutua comprensión y cariño. Dcsafortunadamente, a los dos anos de haber regresado, ya casado y con una hijita muy bella, falleció víctima de una penosa enfermedad, lo cual fue para mi y para todos los que le queriamos, un golpe muy duro, aparte de que Guatemala perdió uno de sus valores mas significativos de la plástica contemporánea.

Ya de nuevo en mi país, volví a tratar de intcgrarme al movimiento cultural que, justo es anotarlo, algo se habia superado despues de aquel atraso que mantuvimos durante la dictadura ubiquista. Habia mas inquietud, mas efervescencia, mas vida.

De lo mas interesante que se presentó para mi en esa época -hablo de las décadas de los años cincuenta y sesenta- fue la oportunidad de realizar unos murales escultoricos integrados ala arquitectura. Me refiero al grupo de edificios que componen el Centro Civico, y en los cuales, a la par del maestro Carlos Merida, colaboré con los colegas Guillermo Grajeda Mena y Dagoberto Vasquez.

Hasta ahora he mencionado mi labor como escultor, que fue lo que mas se definió en mi desde el inicio de mi carrera, no obstante que tambien habia estudiado pintura. Por razones de la misma inquietud, he abordado casi todas las técnicas tanto de la pintura como de la escultura: la litografia, la acuarela, el oleo, el acrílico, la talla en marmol, la talla en madera, la fundición en bronce, el metal directo, el esmaIte, cI mosaico y el vitraI.

De algunos años para esta parte me ha interesado volver nuevamente a la pintura. No voy a exponer que razones he tenido para ello. Tampoco quiero decir que tengo en mente abandonar definitivamente la escultura. Nada mas alejado de mi intención. Por el contrario, tengo ideas renovadoras y proyectos para el futuro. Sencillamente, lo considero como una etapa en el desenvolvimiento de mi carrera.

Nunca tengo una idea preconcebida de lo que voy a hacer cuando me siento ante una tela. Hay veces, sí, que uno debe enfrentar el desarrollo de un tema determinado, pero, aun así, las soluciones se van sucediendo sobre la marcha.

Constantemente cambio mis motivos, y me gusta la versatilidad. Por otro lado, algo similar a lo que me sucede con el estilo, tampoco me afano por dar un caracter americano a mi pintura, porque con ello, sin sentirIo, puedo poner una barrera a mi propia sensibilidad. Cuando se trabaja honestamente las raíes brotan por sí mismas, con naturalidad.

Me fascina el color, y para mí, Guatemala es color; un color que se manifiesta en todo: en sus montañas, en su cielo, en sus artesanías, en sus trajes indígenas, en sus flores, en sus frutos; y algo de eso es lo que yo trato de recrear en mi pintura. Al principio empecé a usar el color en la creencia de que, entre mas variedad se ponia, mayor era el efecto colorista. Pronto me percate del error. Se puede ser un consumado colorista dentro de la mayor sobriedad.

Si me preguntaran cual considero la mejor obra realizada, yo diría que la próxima que voy a ejecutar. Con ello quiero significar que disto mucho de estar satisfecho con lo que he producido hasta ahora. Muy en el fondo, yace en mi una eterna insatisfacción, un afán por ser cada vez mejor, un anhelo por encontrar la máxima perfección... lLo conseguiré algún día? Lo dudo mucho. La verdad es que esa actitud de eterna insatisfacción es, para mi, la clave para no morir artísticamente, pues nada hay mas negativo que el hombre que vive satisfecho de si mismo.

Mi trabajo como artista me ha dado muchas satisfacciones, pero también, debo decirlo, muchas amarguras: Empero, nunca he perdido la fe en mi mismo, y he tenido paciencia para esperar. En la medida en que mas trabajo, mas seguro y confiado me siento. Puedo dudar de todo, pero nunca de mi pasión, y con esa fuerza interior es que sigo alumbrando mi camino."

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